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EL TRAFICANTE DE DINERO (Cuento corto para Arquitectos)

Voy a relatar en primera persona esta historia, porque obviamente la he vivenciado. Sin embargo sé por innumerables comentarios de colegas, que puede calificarse como una situación recurrente.

La historia puede repetirse semanal o quincenalmente, dependiendo del tipo de obra, pero preferentemente sucede los viernes por la tarde o los sábados por la mañana.

Los días jueves, después de medir prolijamente, para certificar el avance de obra, calculadora en mano, hago la estimación del monto de dinero requerido para dar cumplimiento a las obligaciones de pago para con los proveedores y la mano de obra.

Una vez realizada la valuación de la tarea ejecutada, levanto el teléfono y llamo a mi cliente, quien después de las dudas y quejas por lo solicitado (léase dinero), utiliza una de las frases de cabecera de su amplio vocabulario: en tono dubitativo comenta “… no parece que hubieran hecho tanto esta semana no?…” Me pide que pase por su oficina a buscar el dinero después de las 13 y antes de las 14:30 horas, que es cuando el está mas “aliviado” de trabajo. En cualquier parte de Argentina que se encuentre el lector, sabrá que ese es el horario de almuerzo, en el que uno desea compartir tan importante evento con la familia.

Sin embargo, nobleza obliga dice el viejo refrán, parto al Centro donde esta la oficina de mi cliente, busco un estacionamiento lo mas cercano posible, dejo el auto, camino un par de cuadras, entro al edificio, llego al piso de su oficina, me anuncio ante la secretaria, quien a pesar de mi presencia repetitiva semana tras semana, me pregunta

-… de parte de quien?

Del Arquitecto..-  respondo con un tono entre irónico y enfadado.

Tome asiento, enseguida lo recibe – me informa en su tono de voz impostado y con la mirada baja

Miro el reloj: la Una y cuarto… Me imagino por un momento el humeante pastel de carne que había como menú de almuerzo hoy en mi casa. Se me hace agua la boca. Para engañar al estomago, me pongo en la boca un par de “mentitas” que compre en el trayecto desde el estacionamiento hasta la oficina.

13:45 horas. Mi cliente, con gesto adusto me saluda y desde la puerta de su despacho me ordena: – Pasá –

Una vez frente a frente, escritorio de por medio y antes de entregarme el dinero, tengo que escuchar las “sugerencias” de cómo podríamos bajar costos, achicar gastos y ahorrar en material. Por último, aunque ya se me quitó el hambre, y hasta le diría al lector que tengo un sabor amargo en mi boca (a pesar de las mentitas), quizás provocado por la clase de economía y gestión que me acaba de brindar mi interlocutor, firmo el recibo donde se asienta el monto entregado a fin de hacer los pagos ya mencionados.

Como Usted sabrá, si le ha tocado en suerte administrar o gestionar una obra, advertirá que los montos que se manejan en este tipo de certificados son bastante importantes, y el riesgo de transitar con el dinero o el cheque desde su obtención hasta su redistribución, es una tarea de alto riesgo.

Voy a mi casa. Almuerzo frío y solo. Ahora subo al auto y salgo para la obra. A una cuadra de llegar, diviso en la vereda de la obra, cual ordenado regimiento militar, a los albañiles, plomero, techista, electricista, etc., alineados frente al portón.

Estaciono, me bajo del auto y a viva voz doy las “buenas tardes”. Cierta tensión en el ambiente parece aliviarse. Ya saben que llegué y que voy a pagar.

El resto de la historia se resume en que cada quien se lleva una parte importante de la “torta”, excepto el que escribe que apenas se queda con “miguitas”. Recién caigo en la cuenta de esta situación, cuando mi esposa me da la lista de abarrotes y necesidades del hogar y debo justificar la escasez de dinero y la imposibilidad de hacer frente a ese gasto.

Es por eso que reflexiono en que nos transformamos en “traficantes de Dinero” y que la tarea de administrar se transforma en un “pasamanos” de plata entre partes. Entendido así parece una queja estéril, pero lejos de esto, trato que sea una luz de alerta para los profesionales que hacen uso de esta costumbre, la que parece muy difícil de cambiar.

 

Arquitecto CARLOS A. GRISOLÍA

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